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Las obras más famosas de Francisco de Goya

Francisco José de Goya y Lucientes (1746-1828), artista español que destacó por sus pinturas y grabados en los que representó a las principales figuras de la corte de Carlos IV y Fernando VII, escenas de la vida cotidiana y la tauromaquia, así como imágenes de la Guerra de la Independencia española. Entre sus obras más destacadas se encuentran Maja vestida, Maja desnuda, la serieCaprichos y los lienzos El dos de mayo y Los fusilamientos del tres de mayo. Su fuerte estilo expresivo y su técnica pictórica le han valido ser considerado como uno de los principales precursores del impresionismo y los movimientos de vanguardia del siglo XX.

Dentro de sus principales obras, encontramos:

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La maja vestida
1797 – 1798
Lienzo. 0,97 x 1,90
Museo del Prado, Madrid.

Famosísimas por la leyenda que quiso ver en ellas a la duquesa de Alba, las Majasson, quizá, lo más conocido en la obra de Goya, y sin duda lo que más literatura extraartística ha producido. Paradójicamente, son también las obras de las que se posee menos información documental. Se ha supuesto, por razones técnicas, que se pintaron hacia 1797-1798, pero no es seguro que sean contemporáneas, y en realidad nada se sabe acerca de ellas hasta que aparecen en 1808 en la colección de Godoy, calificadas de “gitanas”. Desde 1808 estuvieron en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, con los bienes incautados a Godoy, y en 1901 pasaron al Museo del Prado.

Aun cuando el modelo parezca el mismo y la posición y actitud sean idénticas, algo que no es sólo el contraste entre lo vestido y lo desnudo distingue a las dos MajasLa maja vestida está tratada con una técnica más suelta, vibrante y libre: más “goyesca”, en realidad, que La maja desnuda.

Mucho menos académica en su acabado, La maja vestida comunica al espectador un hálito de vida y de malicia, que hizo a la escritora Emilia Pardo Bazán calificarla de “más que desnuda”, por contraste con su “aporcelanada” compañera. Fragmentos de pura pintura como la chaquetilla amarilla con adornos negros o los volantes de la almohada se cuentan entre los aciertos más rotundos del pincel de su autor.

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La maja desnuda
1797 – 1798
Lienzo. 0,97 x 1,90
Museo del Prado, Madrid.

Se ha pensado que ambas majas formasen un díptico, de modo que la vestida pudiese descubrir, como al volver una página, a la desnuda. Es hipótesis muy verosímil, pues semejantes “picardías” eran frecuentes, aunque en menor medida, en Francia y en el ambiente de los ilustrados. De cualquier modo, La maja desnudaes un delicadísimo y acabado estudio de tonos nacarados, perfecto como pintura neoclásica, torneado y pulido el desnudo como una porcelana. Quizá sea, precisamente por su perfección y por su peso de Academia, lo menos “goyesco” de toda la producción del pintor. Ambas obras estuvieron juntas en la Academia desde 1808, con los bienes incautados a Godoy, y en 1901 pasaron al Museo del Prado.

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La maja y los embozados
1777
Lienzo. 2,75 x 1,90
Museo del Prado, Madrid.

La producción de Goya es enormemente rica y varia. El Prado, que posee una asombrosa cantidad de obras suyas, muestra casi por entero la evolución, lenta y personal, de su sensibilidad. Los principales jalones de la vida artística de Goya están aquí representados, desde la pintura de sus primeros años madrileños -los cartones para tapices que dan su aspecto vivo, sensible y popular, matizado a veces de ironía y de humor, aún con algo de gracia rococó en su tratamiento- hasta las sombrías y dramáticas “pinturas negras” de su vejez, que parecen anunciar tantas direcciones de la pintura contemporánea, pasando por los retratos oficiales, los cuadros de historia y algunas de sus creaciones de mayor empeño académico, amén de muchos retratos privados y cuadritos menores, de carácter muy vario, acopiados por diversos conductos y ajenos a su quehacer oficial.

Su labor como suministrador de cartones para la Real Fábrica de Tapices, que fue su primera ocupación madrileña, se guarda en el Prado casi en su totalidad. Puede advertirse cómo a lo largo de los casi veinte años que duró esta actividad, de 1775 a 1792, Goya fue aprovechando esta obligación casi artesana para ensayar, armonizar, variar composiciones, observar e interpretar la realidad; es decir, como escuela de pura pintura.

De las primeras obras, aún torpes, mediocres, sin ningún acierto personal que las distinga de las de sus cuñados los Bayeu, pasa pronto a la segura maestría que se advierte en los cartones que entrega en 1777. De esa fecha es La maja y los embozados, de gracioso arranque decorativo, pintada ya con una riqueza de tonos calientes y una seguridad de pincel considerables.

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El coloso, o El pánico
1808 – 1812
Lienzo. 1,16 x 1,05
Museo del Prado, Madrid.

Con la llegada del nuevo siglo, Goya se convertirá en un lúcido cronista que describirá como nadie el esperpento, la violencia y, en definitiva, la terrible realidad que le rodeaba. Se trata del Goya expresionista de las “pinturas negras”. Un preámbulo de esta serie de pinturas es el lienzo que lleva el título de El coloso o El pánico, realizado hacia 1810-1812 y conservado en el Museo del Prado.

Este enigmático lienzo (que plasma todavía, sin duda, las pesadillas de la guerra) anuncia, pues, por su técnica y ambiente, las visiones que en los últimos años de la vida del pintor alcanzarán su punto de máxima expresividad. La verdadera significación e intención temática de este lienzo es aún imprecisa. Algo colosal y terrorífico se yergue frente a la desamparada humanidad y la pone en fuga. Sólo un asno, estampa de la ignorancia y la inconsciencia, permanece quieto e impávido.

Se han expuesto múltiples interpretaciones y significaciones del gigante. Hay quienes quieren ver una alusión a Napoleón, otros ven un símbolo de la guerra, el hambre, la crueldad o simplemente el miedo a lo desconocido. En cualquier caso el cuadro nos introduce en el mundo sombrío en que se nueve el Goya de los últimos años. Y por contraste nos revela también delicadezas y sabidurías de ejecución, con ligeros empastes dados con espátula y golpes vigorosos de pincel, de magistral modernidad. El cuadro entró en el Museo del Prado en 1930 con el legado Fernández Durán.

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El quitasol
1777
Museo del Prado, Madrid.

El quitasol,  forma parte de la serie de cartones para la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara; en concreto, para la serie destinada a la decoración del comedor del infante Carlos, entonces Príncipe de Asturias.

Fue ejecutado con toda probabilidad entre el 3 de marzo y el 12 de agosto de 1777, a juzgar por la datación de la entrega de la obra terminada a la Manufactura de Tapices. En el verano de 1777, el pintor hizo entrega de una serie que se destinaba a decorar el comedor del Príncipe de Asturias. Estos cartones fueron titulados así: El quitasol, El paseo por Andalucía (o La maja y los embozados), El bebedor y La riña en la venta nueva. En el documento de cuenta Goya tasaba El quitasol en quinientos reales de vellón. Goya recibió por esta serie completa de cartones 18.000 reales.

Hacia la mitad del siglo XIX el óleo fue trasladado al Palacio Real de El Pardo, donde se almacenó en el sótano del oficio de tapicería. Por orden real de 18 de enero y 9 de febrero de 1870 el cuadro ingresa como parte de los fondos del Museo del Prado y aparece en su catálogo por vez primera en 1876.

 

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El genio de la risa

Charles Chaplin (1889-1977)

Este legendario comediante, productor, escritor, director y compositor británico, es considerado como uno de los artistas cómicos de cine mudo más importantes. Esto se debe a la creación de un personaje llamado Charlot, a quien Charlie Chaplin interpretó magistralmente.

Sir Charles Spencer Chaplin nació el 16 de abril de 1889 en Londres (Gran Bretaña), en el seno de una familia de actores de teatro cómico de escasos recursos económicos. Introducido por sus padres en el mundo del teatro, donde debutó con tan sólo 5 años de edad, Chaplin sufrió el abandono de su padre y la muerte de su madre a los 7 años.

Tras pasar una temporada en un orfanato regresó al mundo del teatro, dedicándose muy particularmente a la mímica. Ya a los 12 años había viajado por Europa y los Estados Unidos con diversas compañías y había trabado amistad con otros actores, como Fred Karno.

Sus viajes a los Estados Unidos terminaron determinando definitivamente su carrera artística y su vida. Dotado de un talento inusual, Chaplin recibió en 1913 una oferta para trabajar en las películas realizadas por Keystone Cops., una productora norteamericana que contaba con autores consagrados en la época, como el célebre Fatty Arbuckle.

Aunque Chaplin comenzó interpretando papeles secundarios, su talento hizo que la productora descubriese en él un auténtico filón, que comenzó a explotar utilizando a Chaplin como protagonista de diversas películas.

Charlot

Fue en este periodo de su vida cuando Charlie Chaplin creó el personaje que le dio fama universal, Charlot, identificable por su sombrero hongo, su bigote, un bastón con el que adornaba su extraña y cómica manera de caminar, su chaqueta ajustada y unos pantalones y unos zapatos enormes, que le daban un aspecto ridículo que recordaba a los payasos circenses.

El personaje basaba además su identidad en la expresividad del rostro de Chaplin, que con unas cejas pobladas y un bigote que se movía al compás de sus estados anímicos conseguía despertar en el público emociones que iban desde la carcajada hasta la tristeza más dramática.

El talento de Chaplin y el gancho de Charlot hicieron que diversos estudios comenzasen a disputarse los servicios del actor británico, que en pocos años consiguió convertirse en un artista célebre en los Estados Unidos y en Europa.

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Madurez artística

En 1915 Chaplin pasó a trabajar para los estudios Essanay, lo que supuso un hito en su carrera. El artista británico dejó de ponerse a las ordenes de los guionistas y los directores para escribir y dirigir sus propias películas, en las que daba rienda suelta a su creatividad, que oscilaba entre los números cómicos basados en la pantomima y la sensibilidad derivada de una fuerte concienciación social y política.

Aunque los números cómicos de Chaplin estaban a la altura de los de otros cómicos de la época, la auténtica novedad de su obra residía en la inteligencia de sus películas. Éstas no se limitaban a estructurarse alrededor de la sucesión incontrolada de gags en los que Charlot se caía, tropezaba o realizaba acrobacias, sino que además incorporaban una trama dramática muy poco usual.

Por otra parte, con los años, Charlot había alcanzado un nivel expresivo incomparable. Los gestos y la mímica eran muy sutiles, y no era necesario que el personaje se viese expuesto a situaciones inverosímiles para generar todo un torrente de sensaciones. Frente a otros personajes del momento, Charlot era sutil, y estaba repleto de matices complejos.

Hacia el año 1917, Chaplin era ya un actor y un cineasta consagrado, que se había enriquecido notablemente y que hacía gala de una ideología incómoda para la mayor parte de los políticos de la época por su liberalismo. A partir de este año produjo las películas más notables de su carrera, primero bajo la producción de la First Nacional, y después con su propia compañía.

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United Artist

En el año 1919, junto con David Wark Griffith, Mary Pickford Douglas y Fairbanks, creó la United Artist, productora con la que pudo dirigir sus propias películas sin ninguna clase de coacción. A partir de este año Chaplin se volvió más intimista y personal, y se dedicó a depurar su técnica narrativa dirigiendo a otros actores y a otros personajes.

Si bien el público clamaba por la presencia de Charlot en sus películas, Chaplin tardó varios años en retomar el personaje, que volvió a mediados de los años veinte mostrando la más patética y trágica de sus facetas.

A partir de los años treinta, Chaplin comenzó a hacer películas políticamente comprometidas, en las que criticaba a los grandes líderes mundiales o en las que ironizaba acerca de la forma de vida de los norteamericanos conservadores. Además asumió con inteligencia la irrupción del cine sonoro.

Ante las críticas recibidas por parte de los sectores más conservadores y radicales de los Estados Unidos, Chaplin decidió cambiar su residencia a Europa, y a mediados de los años cuarenta se deshizo del personaje que le dio fama: Charlot.

Charlie Chaplin murió en Suiza en 1977, a la edad de ochenta y ocho años, dejando como legado algunas de las obras más valoradas de la historia del cine, entre las que destacan El chico (1920), en la que retrata la pobreza de los niños que vivían en los barrios deprimidos; La quimera del oro (1925), en la que realiza uno de los gags más célebres de su carrera al comerse sus propias botas; Tiempos modernos (1935), en la que critica la irrupción de las máquinas en el mundo de los obreros; o El gran dictador (1940), para muchos su obra cumbre, en la que ridiculiza al dictador alemán Adolf Hitler.

 

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